“PARA LOS QUE LES GUSTA LEER”
Esta es una reflexión personal, nacida de la necesidad de cuestionarnos qué estamos normalizando como sociedad en medio del caos, la indiferencia y la doble moral.
Porque quizá la pregunta más incómoda no sea quién tiene la culpa, sino qué estamos dispuestos a justificar cuando creemos que tenemos la razón.
La titulé:
“NADIE ESTÁ POR ENCIMA DEL IMPERIO DE LA LEY”
Riohacha, Barranquilla.
La historia vuelve a demostrar una verdad que, aunque incómoda, resulta imposible de ignorar: el camino de las armas puede ofrecer poder durante un tiempo, pero jamás garantiza un futuro.
Los cuerpos de Naín Andrés Pérez Toncel, alias ‘Naín’ o ‘Bendito Menor’; Rosa Angélica Tarazona, conocida como ‘La Bebesita’, y dos de sus escoltas, permanecen bajo custodia en el Cantón Militar Cartagena de Riohacha, luego del operativo policial en el que fueron abatidos, según el reporte entregado en el contexto de este caso.
Los cuatro cadáveres serán trasladados a Barranquilla, una vez concluya el pronunciamiento oficial de las autoridades.
El traslado contará con un amplio dispositivo de seguridad y permitirá que Medicina Legal adelante las necropsias, establezca técnicamente las causas de muerte y confirme las identidades antes de que los cuerpos sean entregados a sus familiares.
Pero detrás de este procedimiento judicial existe una historia mucho más profunda.
El poder obtenido por la violencia siempre tiene un límite
Durante años, muchos hombres y mujeres pueden llegar a creer que las armas, el dinero ilegal, el miedo y la intimidación son mecanismos para imponer su voluntad.
Pueden sentirse intocables.
Pueden pensar que las reglas fueron hechas para los demás.
Hasta que la realidad demuestra lo contrario.
El desenlace de este operativo vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que debería hacerse toda persona que alguna vez considere ingresar al mundo criminal:
¿De qué sirve conquistar territorios, acumular dinero o infundir miedo si el precio final puede ser perderlo todo?
La criminalidad vende una falsa sensación de poder.
Promete respeto, riqueza y control.
Pero detrás de esa fachada suele existir una realidad mucho más fría:
persecución, desconfianza, violencia, familias destruidas y un futuro cada vez más pequeño.
Porque el crimen no construye libertad; construye una prisión que muchas veces comienza mucho antes de llegar a una celda.
Cambiar el mundo sí es posible, pero no con las armas
Querer transformar una sociedad no es un delito.
Protestar, denunciar injusticias, participar en política, organizar comunidades, estudiar, emprender, investigar, educar y defender los derechos propios y de los demás son caminos legítimos para intentar cambiar el mundo.
Las armas, en cambio, no convierten una causa en justa.
Una idea no se vuelve correcta porque alguien esté dispuesto a matar por ella.
La verdadera transformación ocurre cuando una sociedad consigue reemplazar el miedo por oportunidades, la violencia por diálogo y la venganza por justicia.
Por eso, el mensaje que deja un episodio como este no debería ser de admiración hacia quienes escogieron el camino criminal, sino de reflexión para quienes todavía pueden elegir otro destino.
Nadie está por encima del imperio de la ley
El traslado de los cadáveres, las necropsias y los procedimientos judiciales recuerdan también algo fundamental en cualquier Estado de derecho:
la justicia no puede depender de quién sea la persona, cuánto dinero tenga, cuántos hombres la acompañen o cuánto miedo pueda generar.
La ley debe aplicarse con garantías, debido proceso y respeto por la dignidad humana.
Porque cuando una sociedad acepta que alguien está por encima de las normas, todos terminan perdiendo.
El verdadero poder no está en obligar a otros a obedecer por miedo. Está en tener la capacidad de construir sin destruir.
Y quizá esa sea la lección más importante de esta historia:
ser criminal puede parecer rentable por un momento, pero ninguna fortuna compra una vida de tranquilidad, ninguna arma garantiza el futuro y ningún imperio construido sobre el miedo dura para siempre.
Al final, todos estamos sometidos a las mismas reglas.
Nadie está por encima de la ley. Y una sociedad donde la ley protege a todos, sin importar quiénes sean, es una sociedad en la que todos tenemos algo que ganar.
Jhon Jairo duque Velazquez




